Trayectoria profesional, académica, los cargos que ha desempeñado en la función pública, su trayectoria internacional, el detallede las conferencias que ha pronunciado en el país y en el exterior, sus publicaciones y en particular, información sobre Derechos Humanos, Ombudsman, Defensor del Pueblo, derecho al desarrollo, derechos de usuarios y consumidores, globalización y su actividad profesional actual.

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“Perfil de un Buen Ombudsman II”, publicado en el sitio Fundación Observatorio de los Derechos Humanos, 23 de julio de 2008.

Perfil de un buen Ombudsman II

Estas nuevas reflexiones se hacen necesarias ante cierta sobreactuación que el actual Defensor del Pueblo de la Nación ha tenido en el reciente conflicto entre las entidades del sector agropecuario y el Gobierno Nacional. Más allá de alguna loable intención que puede haberlo movido a intervenir (tardíamente) en ese conflicto, debo destacar que la legislación que rige la figura del Defensor del Pueblo de la Nación en la actualidad (a diferencia de lo que sucede con la Defensoría del Pueblo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires) le impide la posibilidad de actuar como mediador o facilitador entre dos partes; y sabemos, quienes profesamos el derecho administrativo que, en este ámbito, la competencia es la excepción y no la regla; es decir, una institución no puede extender su competencia más allá de lo que puntualmente le ha determinado la norma positiva que rige su funcionamiento.

Ya sostuve en otra ocasión que el Ombudsman (o denominaciones equivalentes que recibe la institución en los distintos países del orbe), es uno de los fenómenos jurídico-político más notable de los últimos cincuenta años y cuya presencia esta próxima a cumplir doscientos años. Bajo la premisa fundamental de que la sociedad moderna tiene un sentimiento más exigente de la Justicia, ha predominado una idea básica: hoy más que nunca en la sociedad contemporánea, el ciudadano tiene que ser protegido con eficacia frente a la actuación irregular o insuficiente de la Administración. La máquina ideada y meticulosamente construida para servir al ser humano y posibilitar su libertad y plena realización, puede convertirse, por la propia impronta de sus funciones y dinámica de su actividad, en un instrumento de oprobio que genera insatisfacciones. De esa forma, el ciudadano puede convertirse en un moderno súbdito del Estado de Derecho.

Aquella original figura, cuya partida de nacimiento formal se encuentra en Suecia en 1809 bajo el nombre de Ombudsman, constituye hoy un ejemplo de universalismo puesto que se ha adaptado a sistemas políticos parlamentarios y presidencialistas; al Estado unitario, al Estado federal y a las regiones autónomas, municipales o locales. Hoy, podemos advertir que esta institución se ha generalizado en países de América, Europa, Asia, África, Australia y Oceanía destacándose, en particular, los procesos que han permitido su incorporación a los países de América del Sur y Central y de Europa Oriental.

El Ombudsman no es un lujo de sociedades desarrolladas, no es un experimento de laboratorio. Es una necesidad evidente de todo Estado de Derecho e inherente a una democracia de avanzada.

En su versión original de cuño nórdico sajón, el Ombudsman tuvo como contexto de su actuación la garantía de la legalidad, vigilando, supervisando y corrigiendo errores de lo que puede llamarse una recta administración pública. Su ámbito clásico fue difundido bajo la denominación de “maladministration”. Con una visión más amplia y rica en matices que esta última, hoy el Ombudsman aparece comprometido con valores esenciales como son la defensa y protección de los derechos y libertades fundamentales de toda persona. Esta es la consecuencia de la necesaria actualización de la figura.

Al abordar el tema del “perfil de un buen Ombudsman”, creo necesario formular alguna consideración previa. En la mayoría de los países donde está radicada esta figura, reviste el carácter de órgano individual, es decir, desempeñado por una sola persona con el nombre de Ombudsman, Comisionado Parlamentario, Defensor del Pueblo, Procurador de los Derechos Humanos, etc. Es evidente, pues, que este tema debe analizarse desde la perspectiva del “perfil institucional” de un buen Ombudsman y del “perfil personal” de un buen Ombudsman. La persona, a estos efectos, desempeña, a mi juicio, un rol absolutamente decisivo a la hora de caracterizar a un “buen Ombudsman”.

Desde el punto de vista institucional, las notas que lo han singularizado son, en general, las siguientes:

1) independencia de los poderes públicos y de cualquiera otra instancia de la sociedad;

2) autonomía que le permite organizarse internamente como lo considere más adecuado;

3) origen parlamentario dado que la designación del titular es efectuada, generalmente, por el Parlamento;

4) carácter no vinculante o coactivo de sus resoluciones;

5) ausencia de solemnidad e informalismo en sus tramitaciones;

6) obligación de rendir informes al Parlamento;

7) naturaleza técnica y no política del organismo.


Me voy a referir ahora al “perfil personal” de un buen Ombudsman, es decir, a las circunstancias, cualidades o condiciones que, por aquella simbiosis entre Institución y persona, se interactúan de manera permanente. Es algo así como que el titular asume como Ombudsman pero esa Institución, inexcusablemente quedará marcada a fuego, por el desempeño cotidiano de su titular. En este sentido, quiero expresar en esta ocasión, cuáles son las notas que, a mi juicio, y sobre la base del conocimiento científico y de mi experiencia práctica, singularizan a un “Buen Ombudsman”; ellas son:

a) no debe ser un órgano del Gobierno, sino una Institución del Estado. De esa forma evitará convertirse en amortiguador de disputas políticas o apéndice de intereses político partidistas;

b) no debe ser una figura cosmética o estética sino seria y objetiva. En ningún momento, el Ombudsman debe trasuntar la imagen de que es un émulo del Rey Midas o un salvador de la Patria pues ello, a la postre, implicaría la frustración de las expectativas que genera la figura en la sociedad;

c) debe caracterizarse por su prudencia, lo cual no ha de ser entendido como complacencia o connivencia con el poder;

d) no puede ni debe arrogarse la pretensión de sustituir a los órganos y procedimientos tradicionales de control. Sólo en términos de complementariedad se justifica el Ombudsman ya que él ofrece ventajas evidentes sobre los procedimientos tradicionales. No obstante, aquella prudencia de la cual hablaba anteriormente, también se manifiesta aquí ya que no es perfil adecuado del Ombudsman competir con los órganos ya existentes;

e) su perfil adecuado ha de ser el de un colaborador crítico de la Administración, no su contradictor efectista. Esto implica que puede colaborar con la crítica o criticar con la finalidad de colaborar a la solución de los problemas. Errado es, a mi juicio, que adopte la actitud del contradictor que busca el efectismo con sus intervenciones o que utiliza sus poderes para destruir en lugar de construir soluciones para la comunidad; en este sentido y coincidiendo con esta prédica que vengo sosteniendo desde hace muchos años, la Conferencia sobre el Trabajo y Cooperación de los Defensores del Pueblo y las Instituciones Nacionales de Derechos Humanos, realizada en Copenhague, Dinamarca en el año 2001 señaló que “…la relación con la administración pública es un difícil ejercicio de malabarismo diplomático…El Defensor del Pueblo debe mantener un enfoque crítico hacia las autoridades y seguir denunciando el abuso, pero al mismo tiempo, intentar establecer un diálogo constructivo y sin confrontaciones con la administración pública...” ;

f) debe ayudar a la solución de los problemas particulares planteados por los quejosos sin olvidar, en ningún momento, que esos problemas son síntomas o efectos de causas, seguramente más complejas y profundas, las cuales debe tender a superar;

g) debe tener un profundo sentido de la solidaridad y estar imbuido de un singular humanismo ya que quienes acuden al Ombudsman o Defensor del Pueblo lo hacen con la esperanza de ser escuchados, de ser atendidos y que su reclamo pueda ser superado. Cuando desempeñé la función en mi país, acuñamos un lema que era el norte de nuestra acción: “no tratamos con expedientes, sino con seres humanos...”, con esos seres humanos que tienen voto pero que cuando necesitan ser escuchados comprueban que no tienen voz...;

h) no debe esperar que la Institución se movilice sólo al amparo de las quejas individuales sino que debe ir en búsqueda de problemas, violaciones y abusos a los derechos individuales en sectores de personas que sufren alguna disminución (jurídica, física, psíquica), por ejemplo: quienes se encuentran privados de la libertad en establecimientos carcelarios, las personas internadas en hospitales neuropsiquiátricos, los ancianos alojados en establecimientos geriátricos, etc.;

i) resulta sumamente ventajoso que el Ombudsman tenga un sólido conocimiento de la Administración Pública, sus normas, usos, costumbres, criterios de aplicación, etc.;

j) debe esforzarse por ser respetado por el Gobierno. Siempre será más propio del Ombudsman que lo respeten a que le teman. Cabe recordar que él no utiliza, por regla general, la coacción jurídica tradicional pero a cambio de la imposibilidad de aplicar sanciones coercitivas, sabe que su autoridad se basa en el poder moral y que, en la medida que se justifique cotidianamente, contará con el respaldo incondicional de la sociedad;

k) es fundamental que constituya una sólida alianza con los medios de comunicación ya que ellos le van a proporcionar elementos para la promoción de actuaciones de oficio y, además, van a constituirse en voceros de sus intervenciones de tal forma que la opinión pública asuma la condición de sombra ética del poder.

CONCLUSIÓN

El Ombudsman, Defensor del Pueblo o denominación equivalente que reciba la Institución en sus aplicaciones actuales o futuras, más que un poder político es un “poder de la sociedad” o, como dijera Víctor Pickl “si Montesquieu hubiera conocido el concepto del Defensor del Pueblo, él no hubiera podido menos que añadir a sus tres poderes del Estado, un cuarto poder “benévolo” con el rostro hacia la sociedad”.

Grande es la responsabilidad de quienes ejercen el cargo ya que a ellos les corresponde legitimar diariamente a esta noble institución de protección y control que, en última instancia, es un canto a la esperanza y una apuesta a la solidaridad. Y esta en las manos de quienes ejercen esa institución con alma, no desvirtuar con actitudes altisonantes los objetivos que determinaron su nacimiento y que en las más modernas democracias del mundo lo erigen en una figura respetada y reconocida por la sociedad.

Dr. Jorge Luís MAIORANO
Defensor del Pueblo de la Nación (m.c)
Ex Presidente del Instituto Internacional del Ombudsman
Presidente del Observatorio de los Derechos Humanos
Defensor del Asegurado.