Trayectoria profesional, académica, los cargos que ha desempeñado en la función pública, su trayectoria internacional, el detallede las conferencias que ha pronunciado en el país y en el exterior, sus publicaciones y en particular, información sobre Derechos Humanos, Ombudsman, Defensor del Pueblo, derecho al desarrollo, derechos de usuarios y consumidores, globalización y su actividad profesional actual.

Chile

"Derechos Humanos: nuevos desafíos para las democracias y los Estados de Derecho", pronunciada en la Universidad Central, en las Jornadas Nacionales de Derechos Humanos, organizadas por la Universidad Central, el capítulo chileno del Ombudsman, la ONG FORJA y el Ministerio de Justicia, Santiago, 29 de agosto de 2006.

Derechos Humanos: nuevos desafíos para las democracias y los Estados de Derecho

Por Jorge Luis Maiorano
Defensor del Pueblo de la Nación Argentina (mandato cumplido)
Ex Presidente del Instituto Internacional del Ombudsman

Ex Ministro de Justicia de la Nación Argentina
Presidente del Observatorio de los Derechos Humanos

I.    INTRODUCCION

Cuando recibí la invitación para disertar ante tan calificado auditorio sobre los “derechos humanos y los nuevos desafíos para las democracias y los Estados de Derecho”, confieso que me asaltaron varias dudas: una, por ejemplo, cómo abordar un tema tan urticante, a la vez apasionante, remanido, vapuleado cotidianamente, con algo de originalidad ; es que no resulta tarea fácil, si se aspira a ser  fecundo en el mensaje; y allí me plantee si tenia solo que transmitir conocimientos adquiridos dogmáticamente o, en cambio, además enriquecerlos con experiencias vividas personalmente a lo largo de algunos años de vida.

Como ya se imaginaran ustedes, opte por esta última alternativa que me ha resultado, no solo más original, sino más sincera.

Y ¿cuáles han sido esas experiencias de vida que hoy puedo transmitir? Veamos, por ejemplo, estudie y me gradué en derecho durante un régimen de facto en mi país; me fui formando como abogado, profesor universitario y tratadista, con regímenes democráticos que, desde 1983, han sido la constante en mi país. Alguno de esos presidentes, más precisamente Raúl Alfonsin se preciaba de expresar públicamente que “con la democracia su cura, se educa, se come…”. Confieso también que tales expresiones  me impactaron positivamente en un momento aunque a la postre, comprobé que era sólo una expresión retórica.

Luego, tuve la alternativa, que para mí constituyo un honor, de colaborar en la primera gestión del presidente Carlos Menem en varios cargos de relevancia y por ultimo, culminar esa etapa fundando la Defensorìa del Pueblo de mi país como institución constitucional.

El contacto cotidiano con las insatisfacciones de la gente y el conocimiento de agravios, inequidades, menoscabos y desconocimiento de  variados derechos humanos, me han permitido formular una gran división, entre lo que yo denomino, sin menoscabo de otras clasificaciones,  violaciones “ruidosas” y violaciones “silenciosas” de los derechos humanos. En el mismo sentido que esta división, un reciente Informe de Naciones Unidas señala que: "La tortura de un solo individuo despierta la indignación de la opinión publica, con justa razón.  Pero la muerte de más de 30.000 niños por día por causas fundamentalmente prevenibles pasa inadvertida. ¿Por qué? ¡Porque esos niños son invisibles en la pobreza!

En base a esas experiencias y a un compromiso vital, hemos fundado un Observatorio de los Derechos Humanos para continuar desde la sociedad civil bregando por el fortalecimiento de los derechos humanos, a través de la educación y de la difusión de sus principios.  

Algunas de esos principios lucen en el portal del Observatorio; así, he aprendido que “derecho que no se conoce, es derecho que no se ejerce y derecho que no se ejerce es derecho que se atrofia”.

Desde esta privilegiada posición de observador, analizo diariamente como se pueden articular la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos; a decir verdad, me siento un rebelde con causa ante tanta injusticia que nos rodea.

II.   LA ARTICULACION DE LA DEMOCRACIA, EL ESTADO DE   DERECHO Y LOS DERECHOS HUMANOS

Veamos entonces como se conjugan esos tres elementos antes citados.

Como premisa básica para el abordaje de esta ecuación, cabe señalar que la democracia tiene como condición ineludible, el respeto por los derechos humanos. Lo que implica que ella se deslegitima, desnaturaliza y prostituye si en ella no se respetan los derechos humanos.

Es necesario precisar si aquello que llamamos derechos humanos es algo más que una ficción jurídica o política. Vale aquí recordar un pensamiento de Legaz y Lacambra: el derecho sirve para la vida o no sirve para nada. Lo mismo podría decirse por ejemplo, de la política: sirve para la vida o  no sirve para nada. Igual el crecimiento económico, la democracia o los derechos humanos.

La clásica trilogía de generaciones  identifica los derechos humanos tradicionales, o de primera generación (vida, libertad, seguridad personal, dignidad, al mantenimiento de la honra, a la propiedad, a la libertad de pensamiento, a la libertad de conciencia y de culto, de reunión y de asociación pacíficas) que son los llamados derechos civiles, individuales o fundamentales.

Los derechos de primera generación se inspiraron en tres ideas fundamentales: la primera, que el individuo es dueño de una esfera de libertad personal respecto de la cual el Estado y el poder estatal son incompetentes; segunda, que la actividad estatal debe estar sometida a normas que limiten el ejercicio del poder y que den certeza a los alcances de la autoridad pública ( allí surgió el concepto de Estado de Derecho); y tercera, que el individuo nace con unos derechos que son anteriores y superiores al Estado, que éste no los crea sino simplemente los reconoce. Son derechos innatos, anteriores al fenómeno social.

La segunda gran oleada de derechos humanos fue la de los derechos sociales, que emergieron con ocasión de la primera revolución industrial: la revolución de las grandes máquinas, llamadas a sustituir los esfuerzos físicos y musculares de los hombres. Secuela de las asimetría sociales que esa revolución produjo, fueron los derechos de segunda generación, exigibles al estado y oponibles a los sectores aventajados económicamente de la sociedad; son los derechos económicos, sociales y culturales”; estos derechos sociales fundamentales brindan las bases para que las personas puedan estar expuestas a la acción estatal sólo en la medida en que ello no afecte su desenvolvimiento como individuos y como miembros de la sociedad.

Por último, los derechos de tercera generación, o derechos de la solidaridad son aquellos que superan el egoísmo y exclusividad de los individuales, el interés sectorial de los sociales y que se fundamentan en la incidencia colectiva; por ejemplo el derecho a un medio ambiente equilibrado, a la calidad de vida, a la protección de los valores culturales o históricos de una comunidad, al desarrollo, a la paz y hasta lo que se denomina el derecho a la planificación familiar. Aquí se supera aquella regla tradicional que rezaba “lo que es de todos, no interesa a ninguno”; hoy, lo que es de todos, interesa a todos y a cada uno como parte integrante del conjunto; es el último estadio de este proceso, en el cual se ha transitado de lo individual a lo social y de lo social a lo comunitario o, del egoísmo, al sector y de éste, a lo social imbuido de solidaridad.

Nada más ideológico que la fijación de la posición del Estado y de las personas con relación a los derechos humanos. Para las ideologías autocráticas, los derechos humanos son ver, oír y callar. Para las ideologías neoliberales, los derechos humanos son puramente formales, se agotan en el electoralismo y en ciertas participaciones de naturaleza política. Desde una perspectiva tridimensional, los derechos humanos van más allá de la esfera de lo político e incursionan en el terreno de lo social y de lo económico.

III.     LA ALDEA GLOBAL. EL DEBE Y EL HABER


Es un valor entendido que el siglo XX, a pesar de los horrores padecidos, deberá ser reconocido  y valorado en la historia como el siglo de los derechos humanos por la influencia que éstos han tenido en todos los ámbitos de la cultura, la filosofía, la ética, la política, la historia, las artes, la economía, la sociología, la antropología, la educación, etc.

En tanto, el siglo  XXI se muestra pleno en oportunidades y riesgos para la humanidad.  Por una parte, los revolucionarios avances tecnológicos en una amplia serie de áreas, han cambiado sustancialmente las posibilidades de producción de bienes y servicios; los progresos en campos como la informática, las comunicaciones, la electrónica, la biotecnología, la medicina, la ciencia de los materiales, entre otras, abren posibilidades inéditas al género humano.  Tanto prometen la ampliación de la esperanza de vida como multiplican la capacidad de producción de alimentos y bienes de toda índole.  Pero no todo progreso garantiza una mejor calidad de vida para todos.

Es evidente que en los albores de este siglo,  es la humanidad misma la que constituye la amenaza más grande a su propia existencia. La proliferación de armas nucleares ha dado lugar a una perspectiva igualmente sombría: el riesgo constante de conflictos étnicos, la violencia y la inestabilidad entre y al interior de muchos países. Los efectos derivados incluyen la degradación del medio ambiente, la pobreza, la marginación, la superpoblación, las migraciones y flagrantes desigualdades sociales.

Como lo constata la experiencia de la vida cotidiana, la evolución histórica no ha sido lineal ni se dirige, como sostiene acertadamente Fukuyama, a un mundo final, ineluctable y feliz. Las viejas utopías que durante el siglo XX pretendieron definir el curso de la historia social y política de los pueblos, cedieron paso a una suerte de desideologización que centró exclusivamente la vida en lo puramente material. Si bien la ola democratizadora de América Latina, en términos de Huntington, produjo entusiasmo sobre la posibilidad de consolidar democracias, muchos puntos han quedado sin hilar. La globalización y la liberalización que han acompañado a las transiciones han traído el cuestionamiento indiscriminado y crítico en algunos aspectos del Estado. Los veloces cambios, sin embargo, no siempre produjeron efectos benéficos sobre todo en los ámbitos macroeconómicos; hay muchas asignaturas pendientes y  parece tomar forma la idea que la democracia por sí sola no es suficiente para calmar los persistentes reclamos de ciudadanos que demandan empleo, salud, ingresos, servicios básicos y la satisfacción de sus necesidades más elementales.

En este sentido no podemos ocultar que la extinción del Estado de Bienestar, no trajo aparejada el nacimiento de una sociedad de bienestar; es más, creo que ha nacido una sociedad de malestar. Esto ratifica el silenciamiento de los valores de la escala axiológica, para su reemplazo por otros de la escala económica; la eficiencia reemplaza a la justicia; el afán de lucro a la equidad; el crecimiento económico a la solidaridad. Como si fueran valores opuestos, incompatibles y no complementarios, como lo son eficiencia con justicia, lucro con equidad, crecimiento con solidaridad.

IV.  AMERICA LATINA: TIERRA DE PARADOJAS E INEQUIDADES

América Latina es la región del mundo con la mayor desigualdad entre ricos y pobres. Se sostiene, generalmente, que esa abierta desigualdad es el lado negativo de la globalización; en cambio, hay quienes afirman que nuestra región desde los comienzos mismos del régimen colonial, dio la espalda a la igualdad social, dando forma institucional a la desigualdad.

Los altos índices de pobreza actuales, las profundas diferencias de ingresos que recogen los cómputos internacionales y la inequidad en el trato a los colectivos discriminados (mujeres, indios, gente de color, ancianos), son el reflejo del fracaso por superar los obstáculos históricos al progreso. La exclusión social, a la que está llevando la pobreza, da lugar a una nueva sociedad fragmentada, en la que los pobres, marginados y excluidos  resisten el castigo de la precariedad material y la indefensión legal. Y todos sabemos que ser pobre, ser marginado o excluido social es formar parte de un grupo altamente vulnerable donde los derechos humanos suenan a utopía.

Un reciente informe del PNUD afirma que el  año 2005 fue el tercer año de crecimiento consecutivo de la región a un 4,3% y destaca que con este crecimiento se ha producido una reducción en el desempleo; la pobreza se redujo en 13 millones de personas. No obstante, acota: "la pobreza sigue siendo extremadamente alta, 40,6% de la población vive en condiciones de pobreza y de ellos 16% vive en la indigencia”.  

América Latina es tierra de paradojas; mientras por un lado muestra con orgullo más de dos décadas de gobiernos democráticos, por otro, se mantienen profundas asimetrías sociales, existen altos niveles de pobreza, el crecimiento económico ha sido insuficiente y ha aumentado la insatisfacción ciudadana con esas democracias, expresada en muchos lugares por un extendido descontento popular.

Es cierto sí: no hay malestar con la democracia, pero hay malestar en la democracia.  Existen varias razones que explican este fenómeno. La más importante es que la democracia, por primera vez en la historia de América Latina, es la forma de gobierno en el poder. Así, los gobernantes son culpados cuando las cosas van mal en materia de empleo, ingreso y muchos servicios básicos, que no alcanzan a satisfacer las crecientes expectativas de la ciudadanía.

El panorama se torna aun más complejo si se tiene en cuenta que varios factores indispensables para la gobernabilidad democrática, tales como una prensa libre, una sólida protección de los derechos humanos, un Poder Judicial independiente y vigoroso, requieren todavía ser sustancialmente fortalecidos. Y muchos grupos tradicionalmente excluidos no tienen acceso al poder a través de los canales formales y, por ende, manifiestan sus frustraciones por vías alternativas, en algunas ocasiones, por medio de expresiones violentas.

Existen, sin embargo, algunos signos alentadores. Primero, a pesar de las crisis, los países de la región no han buscado un regreso al autoritarismo; en cambio, han ampliamente sostenido sus instituciones democráticas. Segundo, las ciudadanas y los ciudadanos empiezan a distinguir entre la democracia como sistema de gobierno y el desempeño de los gobernantes en particular. Muchos de estos ciudadanos son simplemente “demócratas insatisfechos”, un fenómeno bien conocido en muchas democracias establecidas que explica parcialmente por qué los movimientos de oposición no tienden hoy hacia soluciones militares sino hacia líderes populistas que se presentan como ajenos al poder tradicional y que prometen perspectivas innovadoras.

El déficit, las lagunas, las asechanzas que se ciernen sobre nuestras democracias no deberían llevarnos a olvidar que hemos dejado atrás la larga noche del autoritarismo.

Para que la democracia no languidezca y crezca, América Latina necesita trabajar sin descanso a fin de que las instituciones democráticas- desde las legislaturas a las autoridades locales- sean transparentes, den cuenta de sus acciones y desarrollen las habilidades y capacidades necesarias para desempeñar sus funciones fundamentales. Esto significa que hay que asegurar que el poder en todos los niveles de gobierno se estructure y distribuya de tal forma que dé voz y participación real a los excluidos y provea los mecanismos por los cuales los poderosos –sean líderes políticos, empresarios u otros actores estén obligados a rendir cuenta de sus acciones.

En esta tarea no hay atajos; consolidar la democracia es un proceso, no un acto aislado. Pero hacer que las instituciones públicas se desempeñen efectivamente es sólo una parte del desafío. La otra es demostrar a ciudadanas y ciudadanos que los gobiernos democráticos trabajan en las cuestiones que verdaderamente preocupan a la gente, que son capaces de dar respuesta a esas cuestiones y que están sujetos al efectivo control ciudadano cuando no cumplen.

Y para resolverlo es indispensable hacer uso del instrumento más preciado que ella nos brinda: la libertad. Libertad para discutir lo que molesta, lo que algunos preferirían que se oculte. Libertad para saber por qué un sistema que es casi un sinónimo de igualdad, convive con la desigualdad más alta del planeta, para saber si lo que discutimos es lo que precisamos discutir o lo que otros nos han impuesto, para saber cuáles son nuestras urgencias y prioridades.

Para que esos derechos humanos no se conviertan en un mero catalogo de ilusiones, se requieren democracias sólidas que no se agoten en lo efímeramente electoral, que no sean solo formales sino, por sobre todo, reales, es decir comprometidas con una visión superadora de las inequidades que pueblan la región. No se trata solamente de buscar responsables sino, además, de hallar soluciones que satisfagan las esperanzas, expectativas e ilusiones de millones de personas; mi experiencia como Defensor del Pueblo de mi país me permite afirmar que ello se logrará a través de la educación  y cuando se supere la brecha existente entre las necesidades cotidianas de la gente y las prioridades de la dirigencia que la gobierna. Esa brecha conduce a lo que Durkheim llama “anomia”, generando desesperanzas colectivas que terminan debilitando la confianza en el sistema institucional.

V.    HACIA UNA CULTURA DE PAZ

La educación en derechos humanos nos hará mas libres; es necesario construir las bases para construir lo que se denomina- y se oye cada con más fuerza- la cultura de paz:

La paz no es solo la ausencia de guerra; este es el concepto negativo. El concepto positivo implica: el respeto a los derechos humanos; la democracia participativa en todos los niveles; el desarrollo humano sostenible; la equidad económica, política, social y cultural; el ejercicio del poder, no como una relación de dominación, sino como la coordinación de la participación en las responsabilidades; el rechazo a todo tipo de discriminación; la paz  es, también, un compendio de justicia, libertad y solidaridad que suponen la superación de antinomias. Y las sociedades actuales están pobladas de antinomias; por ejemplo: interés público - interés privado; autoridad - libertad; justicia - injusticia; capital - trabajo; egoísmo - solidaridad; macroecononomías – microeconomías; inclusión – exclusión; tolerancia – intolerancia.

La Cultura de paz es una de las grandes propuestas humanistas que están contribuyendo a definir un nuevo rostro de la sociedad moderna.

¿Cuáles son los presupuestos de esta cultura de paz?

1.    Todas las personas humanas son iguales por naturaleza
2.    Toda persona se desarrolla en la convivencia con los demás, tanto con los iguales y cercanos, como con los diferentes y lejanos.
3.    El respeto al derecho ajeno es la paz y todo derecho conlleva un deber.
4.    Las diferencias entre las personas y grupos deben superarse por medio del dialogo, la negociación y la concertación.
5.    El primer enemigo de nuestros principios es la incoherencia en llevarlos a la práctica.
6.    Negociar y buscar la concertación no son, en sí, signos de debilidad sino de fe en la capacidad de la naturaleza humana y pueden coexistir con la fidelidad a los propios principios.
7.  La paz no es posible sin justicia.
8.  La satisfacción  de las necesidades básicas en todas las personas de una sociedad es una condición indispensable para la paz y armonía social.
9.  La democracia es mucho más que una estructura institucional. Es un conjunto de valores que cada país puede interiorizar en coherencia con su idionsincracia particular y su identidad cultural.
10. La paz sólo se puede asegurar cuando el ser humano tiene libertad con dignidad, no con hambre o con miseria.

Democracia es sinónimo de generosidad, de participación; en suma, a contar como ciudadano activo y a no ser una simple estadística, un súbdito al que se cuenta. A principios del siglo pasado, Miguel de Unamuno señalaba que sólo son libres quienes han recibido educación y cuanto más instruidos, más libre son. Todas las democracias construidas sobre el terreno movedizo de la ignorancia son frágiles y vulnerables.”Cultura es seguridad”, afirmaba Ortega y  Gasset, y “si nada es seguro bajo nuestras plantas, fracasarán todas las conquistas superiores”

VI.     CONCLUSION


La democracia no es una construcción idílica. Requiere mujeres y hombres dispuestos a luchar en ese turbulento territorio donde se desenvuelven los intereses y las pasiones, las luchas reales, que son las luchas del poder.

La democracia se hace con la política, la única actividad que puede reunir la dura y maravillosa tarea de lidiar con la condición humana para construir una sociedad más justa que dignifique al ser humano. Solo en esta forma aquellas maravillosas declaraciones de derechos humanos tendrán no solo vigencia normativa sino, sobre todo, vigencia sociológica.